Caer.
Desde lo más alto hasta lo más bajo de lo más infinitamente pequeño.
Caer precipitadamente,
sin capacidad de reacción, por no esperarlo, por no proponérselo.
Caer y dar de lleno con una mejilla en el suelo,
en un santiamén, habiendo recorrido uno a uno todos los espacios
contenidos en una migaja de segundo.
Caer completamente,
sin explicaciones, sin comentarios, sin justificaciones,
arrastrándolo todo consigo;
en el instante en que un semáforo cambia luz roja por verde,
mientras se va saludando a un tío,
adentro de un vaso,
subido a espaldas de un acorde preferido,
en cualquier momento,
en cualquier lugar.
27 mar 2009
Gombe


Creía haber cruzado la frontera. No tenía fuerzas para preguntar. Su estómago se quejaba. Era parte de un desfiladero de ojos negros hundidos que pendulaba bajo el sol abrasivo. La caravana de caminantes se perdía detrás de una duna. Los pequeños pies dejaban huellas que dibujaban una infinita y delgada flauta en la arena. A lo lejos, una silueta errante buscando alcanzar la hilera se perdió en el suelo.
Transido de hambre, recordaba intermitentemente el ataque a su hogar; su madre desparramada en varios sectores de la carpa; gritos, llantos y alabanzas; súplicas, disparos y polvo. El ganado y sus vecinas, ultrajadas (aunque no comprendía el significado de ultrajar), los hombres en las jaulas del ganado. No distinguía en su débil recuerdo el rostro de su padre, mezclado entre mil rostros deformados por la penuria, la balacera o la estupefacción. El sol seguía siendo el mismo.
La obligación de marchar a pie hacia otro destino le había sido impartida en un idioma desconocido.
De repente la fila se detuvo y sus manitas en forma de cazo recibieron unos cuantos pares de granos de arroz con un caldo indescifrable que se escurrió rápidamente. El arroz fue llevado a su boca por las mismas manos que taparon sus lágrimas y sentía el alimento desmoronarse hasta sus entrañas. Suspiró y agradeció en su dialecto. Se levantó y caminó hacia adelante persiguiendo la esperanza. Los demás hicieron exactamente lo mismo. Y constató más soles y lunas que raciones en sus manos.
Un edificio con mil ojos, un espacio verde, agua cayendo a borbotones de la boca de una estatua, gente vestida, sin panzas hinchadas y un hombre de anteojos oscuros que se acerca y lo acaricia en su frente con dedos surgidos del interior del resplandor de sus joyas.
Dijo tener diez años, aunque visiblemente parecía mayor a un muchacho de quince. Dijo que sabía trozar carnes y que su Dios mandó llamarlo Gombe. Luego de dar estas respuestas se arrodilló y escondió la cabeza entre sus brazos extendidos, al tiempo que las palmas de las manos eran frotadas en la tierra y musitó una salmodia.
Desde entonces, cuando el sol y la luna se dejan ver en un mismo cielo, agradece con rezos a su Dios cada día de su vida y sólo come arroz.
Sentado en la cocina, abre el periódico y se dispone a leerlo. El sonido del microondas le avisa que tiene que sacar la taza de café, humeante. Lo bebe ansiosamente hasta terminarlo. Cierra el diario casi sin haberlo leído, toma unas galletas y sale de su casa en su auto. Atraviesa la gran ciudad con apuro, sufriendo las lanzadas del sol, hasta el camino que culmina en el imponente parque de la Universidad.
Inmerso en una claridad radiante, ubicó a su izquierda el edificio, la plaza y una fuente cuya agua deseaba fervorosamente beber y a metros de la estatua que vomitaba ese líquido, un grupo reducido de niños, “de aspecto deteriorado, olvidados por la fortuna”, pensó.
Caminó hacia ellos junto a su séquito y escogió uno al que le propinó una caricia en el redondel brillante formado en su frente nigérrima; en su dialecto le preguntó la edad, su oficio y su nombre. Luego observó unos extraños movimientos del pequeño, y miró de reojo a sus pares profiriendo una leve sonrisa, entre lastimosa y comprensiva. Volviéndose a él, le pidió que repitiera sus últimas palabras.
Señor mío, tradujo un colega, ha dicho que todos creemos en el mismo Dios, sólo que él sabe lo que él puede hacer.
Habiendo formalizado los papeles necesarios, fueron trasladados a fin de concretar un programa de ayuda humanitaria, en el que serían nutridos, educados e insertados en el campo laboral cuando cumplieran la mayoría de edad. Se les entregaron documentos de identidad, respetando sus nombres, aunque no así las fechas de su presunto nacimiento. Todos terminaron naciendo el mismo día para aunar los festejos.
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